Me fui pronto, silenciosamente, sonriendo con la luz en el rostro que ocultaba el brillo de mi nariz.
No dejé mucho, más que la última mirada larga, pues hasta las esperanzas de un futuro me las guardé en el bolsillo.
Sentí que desde el principio ya me estaba despidiendo. Tal vez en eso se embrollaron mi rechazo a la ternura, a las caricias, a los besos y abrazos interminables. Tal vez por eso combatí las palabras dulces, los regalos en el aniversario y las canciones cursis. Tal vez por eso no guardé muchas fotos, no escribí muchas cartas, no dejé osos de peluche, lunas y estrellas.
Y por lo mismo tampoco los acepté de vuelta.
Pensé entonces que nada podría dejarte, pues nada tenía.
Pero no es así.
Y he aquí cada uno de los regalos que para ti atesoré con una ternura desconocida en mi, y que entre tanta vida vivida no alcancé a darte:
Te dejo el color de cada una de las flores que explotaron en primavera.
Te dejo la sonrisa de aquel caballero que detuvo su auto para dejarme cruzar la calle.
Te dejo el color de las burbujas a trasluz.
Te dejo el bullicio de la Plaza de Armas a media tarde.
Te dejo el saludo de la señora Verónica, agitando su mano y diciéndome "Chao, amiga"
Te dejo el brinco en mi corazón con cada fugaz amigo que la vida me regaló.
Te dejo el abrazo de una mujer esforzada que en medio de su inmensa responsabilidad nos daba palabras de aliento.
Te dejo los círculos de luz que se forman al pasar esta entre las hojas de los árboles.
Te dejo a aquel niño que corriendo se detuvo a darme una flor.
Te dejo a aquella niña de ojos enormes que no paraba de mirarnos en el bus.
Te dejo el suave olor de la tierra a las 7 de la mañana.
Te dejo la maravillosa vista del pueblo de Parral a las 22 horas de la tarde.
Te dejo la mirada de reconocimiento de mi mamita al decirme: Cynthia...
Te dejo el abrazo de confianza que me dio Berenice cuando llegué al funeral de su mamá.
Te dejo mi cara embelesada al escuchar el violín de Alejandra.
Te dejo la suavidad de la arena en esa plaza.
Te dejo la luz naranja de la media tarde iluminando los ojos cerrados.
Te dejo la sonrisa de complicidad que últimamente veo en el rostro de mi mamá.
Te dejo las felicitaciones que me dio el caballero que se sentó conmigo en el bus.
Te dejo esa hoja que mágicamente se coló por un hoyito de la pared y apareció como un pequeño milagro de nuestro lado.
Te dejo la mariposa que revoloteó a mi alrededor.
Te dejó el ave que se paró en la punta del techo de mi vecino, y también aquella que sobrevoló el cielo con sus alas jaspeadas.
Te dejó las pinceladas moradas del atardecer y el color oro del río
Te dejó la sonrisa que nunca falta.
Te dejo todas esas imágenes que nunca fotografíe (y menos mal, porque no hubiese sido tan bonito)
Te dejo el asombro que siento al ver como las cosas resultan de la nada cuando decides vivir por la fe.
Te dejo la confianza absoluta que en Dios todo saldrá bien.
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