Siempre han tendido a creer que yo te salvé a ti.
Eras tú el que estaba de pie al borde del abismo, con miedo, con furia, con pena.
Todos me han dicho que he hecho un buen trabajo, que deberías agradecerme, que no deberías perderme.
Pero... ellos no saben, que en realidad, yo creo que tu me salvaste a mi.
Que tu me cambiaste, sacaste lo mejor de mi, me permitiste volar y brillar.
Antes, todo habitaba en mi mente... una sonrisa, una caricia, un beso, una flor, una brisa se aparecían entre las líneas de mi cuaderno, y revoloteaban en mi imaginación, haciéndome creer que todo habitaba en los cuentos.
Pero... ¿Cómo me encontraste? ¿Cómo sabías que te estaba esperando?
En una fila de supermercado... siempre haz sido tan original.
Quizás me quedaban tan solo tres meses de vida... quizás quedaría para siempre encerrada, envuelta en el papel de la chica buena, de la niña dulce, -Hola, como está? -Bien, y usted?
Antes de ti, no sabía responder a esa pregunta. No sabía no fingir una sonrisa ante esa pregunta.
Antes de ti, era la mejor actriz del elenco. (Aplausos, y reverencias).
Siempre estaba bien, no lloraba, siempre ayudaba. (Y sin embargo, si lloraba, si estaba mal, y habían veces que no quería ayudar a nadie)
¿Cómo me encontraste, hombrecito? ¿Quién te dijo quien era yo? ¿Quién te mostró todos mis cuentos?
¿Quién te enseñó lo que debías hacer para que confiara en ti?
¿Qué guión leíste, para hacerme creer que todo era una película?
Muchos quieren ser oídos, pero pocos están dispuestos a oír.
Gracias por escucharme. Gracias por enseñarme a escucharte.
En el fondo sé, que no me buscaste, que no sabías donde encontrarme.
Sé que yo tampoco te busqué a ti.
Él lo permitió, él lo sabía.
El nos rodeó, hasta que estrechó tanto el círculo, que nos encontramos.
Gracias a Dios.
