Que extraño fue perder la paz en el poste de la paz. Que extraño fue llorar así, romperme así, segundos después de haber sentido que todo estaba bien. Que extraño fue darme cuenta que había estado llorando desde aquel día, y que no lo había sabido.
... Que extraño fue darme cuenta que no me había dado tiempo ni de respirar en las ultimas semanas, y que solo así me mantenía en pie...
Que extraño fue volver a caminar por el sendero de las mil veces, y sentir que no habían pasado estos cinco años.
Pero lo más extraño, fue el laberinto.
Las mil veces que caminé por el sendero, el laberinto no llamó mi atención pues parecerme solo un montón de piedras. Hasta ahora.
Necesitaba urgentemente que alguien me dijera, ¿Quieres conversar? ¿Qué te gatilló? ¿Qué trauma es el que tienes? ¿Necesitas algo? Pero en el fondo sabía que no era el momento.
Me acerqué al laberinto, donde muchos habían quedado enredados dando vueltas de allá para acá, sin sentido para mi.
Estaba dibujado en el suelo, con piedras pequeñas, tenía una sola entrada, que llevaba al centro, a una gran roca, a La gran roca, nuestro Dios, y luego siguiendo el mismo camino de vuelta uno lograba salir.
Lo miré, y abriéndome paso entre las ramas que obstaculizaban la entrada me interné en él.
Comencé a caminar, dudosa y algo asustada, preocupada por que fuera la única que no pudiera salir de ahí.
Seguí la dirección que las piedras me daban, cada vez más rápido, cada vez más deseosa de llegar al centro, cada vez más r á p i d o ydespeseradapuessentíaqueteníaquellegaryellaberintomeconfundíayentonces...
Estaba afuera nuevamente.
Al principio no comprendí que había vuelto a salir, pues los demás no parecían tener mayores problemas al seguir el camino. Pero así era, me había equivocado (siendo esto imposible, pues solo había un camino y que llevaba directamente al centro!) y estaba afuera.
Mi desesperación fue en ese momento aplastante. Miré alrededor y grité con los ojos "¡¿Y ahora qué hago?! ¿Cómo puedo volver a intentarlo si me perdí y en vez de avanzar retrocedí!" Pero no dije nada, y nadie se acercó a ayudarme a encontrar el camino.
Con mucha vergüenza, volví sobre mis pasos e intenté nuevamente llegar al final del laberinto, ahora poniendo mucho cuidado en no equivocarme de nuevo. Esto hizo que fuera más lento, y que cada vez que sentía que estaba más cerca del final el laberinto torcía en la dirección contraria mi rostro palidecía de miedo. ¡No soportaría volver a equivocarme!
Lo encontré muy largo. Y a cada paso que a mi me parecía en falso casi no podía reprimir un sollozo.
Las vueltas seguían, y cuando creí que había vuelto a equivocarme... por fin llegué al centro.
La gran piedra no era para mi más que Jesús, quien me había estado esperando desde el principio. Y me di cuenta, que a medida que llegaba al final me había comenzado a calmar. Le eché un vistazo rápido reprimiendo la enorme necesidad de arrojarme sobre ella y orar, y volví en busca de la salida.
Pero ahora sabía que podría hacerlo. Y que si no, podría volver a intentarlo.
El resto del sendero fue mucho más tranquilo.
Había salido de mi propio laberinto.

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