









-Buenas tardes -nos dijo un caballero no muy alto, algo robusto y de rostro humilde y amable -En este día yo seré su guía turístico por esta mina, comúnmente conocida como "El chiflón del diablo", quien debe su nombre de "diablo" a Baldomero Lillo y "chiflón porque...
Jamás creí que sería así. A la entrada de la mina nos pusieron equipamiento de minero, un cinturón muy pesado en la cintura, un casco en la cabeza y una linterna en la frente.
-Por nada del mundo se pueden sacar el casco, porque podrían quedar sin luz y perderse. La semana pasada se nos perdió un visitante, y recién hoy pudimos hayarlo. -Jajaja. La gente rió, pero luego de un momento comprendí que a pesar de no ser verídico, tampoco era imposible.
Desde el comienzo fue impresionante. Nos bajaron en una jaula, a 40 metros de profundidad.
Luego de eso, nos encontramos con un grupo de unas 15 personas y con nuestro sabio y rústico guía, ex minero legítimo.
-Antes de empezar, vamos a apagar todos nuestras luces. Si sienten una mano en la espalda, no se preocupen, aquí penan pero nada más. -Mas risas.
Apagar las luces nunca tuvo para mi un significado mas exácto como en ese momento. La luz, por completo, en toda su magnitud, se apagó. Ni en la noche mas oscura podré volver a sentirme igual. Solo es comparado con la vista nula que tiene un ciego. Puse mi mano frente a mi rostro, tratando de percibir algo pero era imposible. Fueron momentos angustiantes, eternos, en los que nuestro guía nos hiso entender lo maravilloso de poder ver, y lo maravilloso de no perdernos, puesto que si uno de ellos llegaba a perder su linterna y se encontraba solo, no tenía otra solución más que aguantar en esa soledad infinita, esperando con fé que algún otro resagado tópase con él. Y eso no siempre sucedía a tiempo... Sentí miedo de no volver, de que el techo cediera sobre nosotros y que aquella escuridad me envolviera por completo y para siempre.
-Pueden volver a encender sus linternas -Más de un suspiro de alivio se dejó oír entre la gente.
Emprendimos nuestro recorrido, aunque no creo que sea capaz de describirlo. Sólo sé que el corazón se me encogía al caminar sobre el mismo piso que tanto mineros hacia más de 100 años. Tantos hombres esforzados, hombres pobres pero dispuestos a todo por sus familias, hombres capaces de vencer el miedo y bajar a las fauces de un tunel indeble que soporta sobre sus espaldas toda la fuerza del mar. Pude comprender más a cabalidad el terror que sentían los niños al ser obligados a dejar las tiernas faldas de sus madres y cambiarlas por ese lugar inhóspito, tan ajeno a la vida humana. Pude entender porque las mujeres sufrían cada vez que sus maridos se iban cerro abajo, al chiflón.
Nos mostraron las herramientas, nos explicaron la forma de extraer el mineral, nos contaron como comían y hacían sus necesidades, nos dijeron que era el grisú, cómo detectarlo y que provocaba, muchos términos científicos y estructurados, pero que vinieron de labios de un hombre casi rudo, acostumbrado a la vida bajo este mundo tan extraño, tan distinto al nuestro, tan inhabitable...
Ya al final del recorrido nuestro guía nos pidió que nuevamente apagaramos las linternas. Se puso al centro del grupo y nos pidió que lo escucharamos, pues entonaría un himno minero, una canción propia de estos mudos héroes.
"...Los mineros queremos honrar
al que sigue la dura labor
de extraer del fondo del mar
el carbón, el carbón, el carbón."
Fue un momento muy emocionante. SU voz era armoniosa, varonil, cargada de historia. Sentí como ese hombre cantanba con el corazón, le cantaba a ese chiflón del que se había enamorado, le cantaba a tantos que murieron en vientre de esa mina maldita, inhumana, inhóspita, que lo lleno de emfermedades, que lo obligó a volverse casi primitivo, que lo privó de la luz, que lo mantuvo de 10 a 12 horas diarias arrodillado, mugroso, mojado, adolorido, sobreexplotado, rabioso quizá, odiando su condición de pobre, que lo redujo a lo más minímo, que la llevó al filo de la muerte, pero que al final y al cabo había sido su vida, y que al final de cuentas, no podía menos que amar. "Yo amo a esta mina" nos dijo. Alguno que otro rió, pero no era una broma. Era una verdad.
Ese hombre jamás creyó que en algún futuro alguien lo escucharía. Actualmente en uno de los guías del recorrido, y cuenta, con emoción y encanto, las maravillas de esta mina. Habla a cientos de personas, de distintas nacionaliades, y les muestra con orgullo el pasado de nuestro chile.Mi familia viene de Lota. Mi bisabuelo, mis tíos, muchos, que estuvieron años condenados por la necesidad a estar en ese lugar en el cual jamás debería haber entrado el hombre, en un lugar inhumano al límite, sin luz, con herramientas pesadísimas, con esfuerzos sobrenaturales, con condiciones insalubres y emfermizas, con una oscuridad agustiante, y con un miedo continúo, arañando sin descanso aquel "oro negro", el que llevó a una gran prosperidad a nuestro país. Vaya precio.
"Ay, mi Chile querido, tantas cosas has dejado pasar..."
*O* yo he estado ahi...es demasiado lindo...pero da como cosiwii...como no se el ambiente es como muy extraño...dsfsfsd
ResponderEliminarbueno eso..mm...sabes al final no hice la carta....senti que no es necesario...ademas las cosas pasaran...esu esperu (:
te kieru muchin :K
chau
ahora si dejo rastro acá...
ResponderEliminarMe gustó lo que esceribiste e.e
y mi abuelito tambien trabajó ahí... siempre me cuenta sus historias y es como emocionante escucharlo :)
viva Lota! e.e
juramela! esque de verdad pasaste por la compuerta nº 12!! esque te juro que es mi sueñooo frustrado (como tantos otros) y ya nos veremos el 5! y seremos felices y comeremos pperdices! dx! ahi queempezar bien el 2009 pa que no quede la caga como el 2008! ok!¿ =) te quiero mucho! cuidate nos veremos! chaito
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